El juego de la Morra

 

Por María del Rosario Ramírez 
| Psicoanalista. Miembro de Colegio Estudios Analíticos


| Artículo publicado en el Nº168 de la revista Imago, ed. Letra Viva, en marzo 2013.

Para hablar de los dichos de la neurosis sobre el inconsciente, una de las primeras cosas que evoco de los textos de Freud, está en su libro de La psicopatología de la vida cotidiana. En el apartado “Torpezas o actos de término erróneo” utiliza el término equivocación (en alemán, Vergreifen) que, como se ve, es una forma de hacer aparecer en una serie de hechos, en un orden, un acto. En ese caso, Freud buscaba el sentido. Sin embargo, el acto no da cuenta de algo planificado, por el contrario, es sorpresivo; en todo caso, el acto siempre se nos adelanta. Su ley se corresponde a algo fuera de ley “lo real no tiene orden” (Lacan, El seminario 23).
Pero hay que ser sensatos, lo que importa en los actos fallidos nos remite a su causa y no al determinismo entendido como destino; es decir, aquello que vuelvo a encontrar una y otra vez. La distinción más clara sobre este punto, Lacan la trae de Aristóteles, en Automatón y Tyché (1964). El primer término resalta la repetición de los signos, se da una vuelta y “siempre se cae en lo mismo”. Sin embargo, ¿es eso la repetición? Es el segundo término, Tyché, el que permite pensar la repetición como contingencia, sorpresa, lo que no se esperaba, lo nuevo da paso a lo nuevo. Pero no nos apuremos, lo curioso de esto es que todo acto debe pasar por un lugar cuya cita es con lo fallido, el fracaso. De los ejemplos comentados por Freud, uno de los más conocidos es el de las llaves cruzadas: querer abrir una puerta con las llaves de otra puerta.  Esto da la clave del acto, irremediablemente fallido.
 
Freud escribe ya en sus primeros textos que las cosas entre hombre y mujer no andan y también señala, en ese orden fallido, las diversas formas de los equívocos del lenguaje que valen tanto para sueños, chistes, lapsus. El equívoco es el chancro, la infección de la sexualidad para los seres hablantes, y presenta todas las aporías de la satisfacción en esa juntura entre amor y sexualidad. Más adelante retomaré este tema. Lacan formula de un modo lógico “lo que no anda” en El seminario 14. Luego de la serie de operaciones que dan cuenta de la estructura enuncia “no hay acto sexual” (1967) y, unos años después, “no hay relación sexual” (desde 1971 en adelante).
 
Ahora quiero agregar que “equivocar” deriva del latín “equi” (igual) “vocar” (llamar). A la equivocación la encontramos solidaria del problema de la homonimia.1 A este respecto, Chaïm Perelman, en el Tratado de la argumentación propone que: «se tata a los términos como unívocos, como susceptibles de identificarse, excluirse. Pero después de interpretarlos surgen las diferencias (…) ya sólo es cuestión de un empleo de la homonimia: Ser amado me es caro con la condición de que no cueste caro”». Otro detalle: equivocación, en términos lógicos, es nombrada sofisma. Ateniéndonos a lo dicho en el diccionario sobre la palabra “equívoco”, allí se indica que se puede interpretar en varios sentidos; tantos sentidos darían como resultado que todo es equívoco. Podemos decirlo de otra manera: el equívoco múltiple, arrojaría sentidos confusos e indiscernibles. La equivocación “tomar una cosa por otra”, también equivocar “una persona por otra” es una buena orientación para nombrar lo que pasa en el amor y por ende en la transferencia.
 
Debemos aclarar que la equivocación en el psicoanálisis es el efecto de una condensación tal que no es posible atrapar su sentido; por el contrario, hace vibrar la pérdida de sentido. Freud se explaya en esa estructura: el sentido en el sinsentido, el sinsentido en el sentido, el placer del sinsentido, en el libro del chiste. En efecto, el gran recurso al significante estriba en enturbiar el sentido.
 
Aristóteles había formulado el principio de no contradicción2, que ha dominado toda la filosofía y la no filosofía de todos los tiempos. La equivalencia entre sentido y esencia, significar algo=significar una sola cosa=significar la esencia de lo que la palabra nombra. En Aristóteles se trata del sentido único. «La regulación aristotélica del lenguaje (…) consuma la relegación de la sofística»,3 claramente la margina. «Cuando se admite la exigencia (del principio) es imposible que quienes no la satisfacen sean aún seres parlantes»4. Lacan en Aún: «La ficción a partir de la palabra (…) de eso partí cuando hablé de mi ética» y en “La tercera”, «se goza con algo, porque todo indica, todo debe incluso indicarles que no le piden simplemente daseinar, ser ahí como yo lo soy ahora, sino más bien, y muy por el contrario, poner a prueba esa libertad de ficción de decir cualquier cosa».

Barbara Cassin,5 en uno de los párrafos que más me gustan, condensa la controversia Aristóteles-Sofistas. Dice: «Por un lado pues, “el ser ahí”, “el ahí del ser”, “su pastor”, el hombre, de Parménides a Heidegger vía Aristóteles; por otro el discurso puro, ebrio de sí mismo, lleno de hybris, a cuyo respecto Aristóteles no sabe si caracteriza a una planta o a un dios, pero que en todo caso relega al sofista».

Lacan escribió: «La equivocación (méprise) es el término en francés del sujeto supuesto saber” (1967) –texto sobre la transferencia del que sólo tomo el término equivocación–. Alineando los términos, en el diccionario Littré el término francés méprise figura como error, equivocación.  A su vez, en el término méprise está “mé”, que es una negación, que encontramos en el “des” de nuestra lengua, presente en desconfiar. Por otro lado, “prise” viene del verbo prendre. Entonces, méprise alude a lo que se escapa, a lo que no se toma en cuenta, puede ser aquello que no se ve, no se escucha o se desatiende, y que constituye la equivocación del sujeto. A ello habría que agregar que el término méprise es femenino y la variación en mépris, es masculino, esta vez, significa desprecio.

“El fracaso del inconsciente se ampara en el amor” (L'insu que sait de l'une-bèvue s'aile à mourre [1], 1976) apuntando a ese real que hace que lo que no anda se mantenga en el medio de cualquier cosa que se diga. Esto nos hace sospechar que se trata de algo que en el orden del amor no responde por el lado de “La psicología de la vida amorosa”, en la que se trazan los argumentos y las retóricas de las tragedias, comedias y grotescos de la vida cotidiana. En dicho seminario, el término que Lacan elige para nombrar el inconsciente es “lo insabido” (L’insu) la ignorancia y, por una serie de condensaciones y deslizamientos, aproxima lo insabido –o ignorancia– al fracaso de la equivocación6. Lacan hace una renovadora vuelta a los fallidos.
 
En 1958, habló de ignorancia en otro contexto7, estableciendo un trío fundamental: “Amor, Odio e Ignorancia” y eligió la Ignorancia como pasión central en la transferencia, unas veces oculta detrás del Amor, otras detrás del Odio.
La ignorancia es el nombre de una incompatibilidad irremediable entre los seres hablantes. Podemos recordar en el texto de Flaubert Madame Bovary, el personaje no puede responder a quién ama. «Mme Bovary –dice J. C. Milner–, sabe responder a la pregunta con quien se casó como también a la pregunta con quien ella se acuesta, pero no a la pregunta ¿a quién ama? Ella quisiera no solamente responder a las tres preguntas, ella quisiera también que la respuesta sea la misma. Lo que ocurre es que a causa de la última pregunta, no son obstáculos lo que encuentra, sino que encuentra un imposible. Toda la novela gira en torno a eso». Su vida termina con el arsénico.

También Madelaine, la esposa del escritor francés André Gide, en el escrito basado en la historiografía de J. Delay8, quien no podía desconocer lo que significaba la homosexualidad entre sus contemporáneos, algo comparable al canibalismo y que a su vez tenía una cultura suficiente para haber leído a los griegos por lo tanto contaba con una perspectiva diferente sobre la homosexualidad. Madeleine es un misterio, alguien impenetrable, eligió el matrimonio blanco. Durante años tolera que pasen cosas ante su vista. Fue la albacea de las cartas de Gide, premio Nobel de la literatura, por lo tanto cartas que tenían un gran valor económico y cultural. Cuando descubre que Gide ama al niño con el que dormía, quema las cartas. “La única traición intolerable”, dice Lacan: El Amor. Otro desencuentro, otra vez lo imposible.

Rougemont, en su tan interesante estudio El amor y Occidente, problematizó el amor mostrando el obstáculo de la relación sexual. Obstáculo que proviene de la imposibilidad lógica de escribir la relación sexual y no de ninguna maniobra del caballero o de la dama en cuestión. En nuestra orilla podríamos continuar la investigación en la literatura de historias de desencuentros, por ejemplo, con el bello cuento “Ester Primavera” de Roberto Arlt y tantas otras. Para los otros, los que se acuestan en el diván, esa historia se llama Mito individual.
 
Para decir las cosas de otra manera, conocemos la historia y el interés del juego de la morra. Lacan utiliza la figura de la “morra” como metáfora del amor. Conforme al equívoco entre morra y amor (amour/mourre). La morra es un juego milenario que actualmente se juega en España. Lo utiliza Donizetti en su ópera cómica Rita, también Bertolucci en su película Novecento.
La morra se juega con las manos, consiste en que dos personas se enfrentan, se parte del puño cerrado y luego con gran rapidez ambos jugadores muestran al mismo tiempo una cantidad de dedos al aire al tiempo que los muestran, cantan un número en voz alta, que no debe superar el número diez. Gana quien dice y acierta la suma de dedos que han mostrado ambos jugadores, en definitiva es un juego que depende del azar, aunque estén presentes en los contrincantes, el imaginario social, la competencia, rivalidad, astucia. El número que cada uno canta y que hace ganar a uno de ellos depende de la contingencia. Luego, en la retroacción se puede ordenar una secuencia de acuerdo a una ley. Como Lacan indica en el escrito “La carta Robada”, con el juego de par o impar, cara o ceca, la probabilidad de que salga una cosa u otra, no se calcula, sólo por la retroacción va a aparecer cómo se ordenan. El juego de la morra hace pasar lo que no anda, la contingencia en el medio de las historias que se cuentan. Para finalizar, voy a citar un párrafo por el placer de contarlo, léase Encomio de Helena,9 texto del sofista Gorgias:

«No debemos sorprendernos, como dirían los ancianos troyanos, de que a partir de Helena pueda mostrarse el carácter espectral de la relación sexual. Gozar de Helena es gozar con el hecho de que ella no sea ella, de que no está ahí. Pues lo que la constituye como objeto, lo que constituye el objeto del deseo y el objeto a secas, es que sea fallida»10 […] «el objeto es una falla, la esencia del objeto es fallar» (13/2/73)11. Giradoux12 le hace decir a Paris: «Aún en mis brazos Helena está lejos de mí», y agrega «la ausencia de Helena en su presencia vale todo».
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1. Véase, Tratado de la argumentación: La nueva retórica, de C. Perelman y O. Tyteca, sobre la homonimia.
2. Metafísica libro Gamma, Aristóteles
3. Véase el importante libro El efecto sofístico de Barbara Cassin, de Ed. F.C.E.
4. Ibid. La cita es de Aristóteles, (libro Gamma). Despliega en sus capítulos el principio aristotélico y la sofística, su distancia, contradicciones del principio y acercamientos con los sofistas. Y la cuestión política de las escuelas oficiales, Academia, Liceo. La sofística tiene como Otro a las escuelas. La posición de estar en el margen, permite la invención.
5. Ibid.
6. Ver, La equivocación del amor, de María del Rosario Ramírez publicado por Ed. Letra Viva.
7. “La dirección de la cura”, en Escrito 2, publicado por Ed. Siglo XXI.
8. “Juventud de Gide o la letra y el deseo”, en Escritos 2, publicado por Ed. Siglo XXI.
9. Gorgias, Encomio de Helena. Ediciones Winograd.
10. Ibid.
11. J. Lacan en Aún.  Ed. Paidós.
12. En el libro J. Giradoux, La guerra de Troya no tendrá lugar, publicado en Madrid, por ed. Cátedra.


[1] Corresponde al título en francés de El Seminario 24, de J. Lacan, aún no traducido al español.

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